lunes, 26 de marzo de 2012

Para no olvidar

Dice el reflejo en el espejo, que es de madrugada y necesita descansar, que la música bien acompaña, y no debes recordar. Pero es imposible olvidarlo todo, tan atractivo y cautivador recuerdo, que devuelve la melancolía, prometiendo amaneceres soñadores, en silencio. Para despertar desde lo más profundo y oscuro, hacia un rojo cada vez más naranja y sobreexpuesto.

Sumergido en el letargo cálido, de caricias y besos que nunca existieron, y quizá no lo hagan. Porque solo son sueños, de ideales irreales, posibles solo en lo más puro de seres perdidos.

Pero bien sé, que guardo, dentro de lo prudente, la remota posibilidad, de que realmente exista. De encontrarla en la casualidad, dejando de dar pasos perdidos. De despertar en las mañanas y encontrar su mano apretando la mía, como no queriendo olvidar, como no queriendo perderse en la cama. Suavidad, ternura, caricias, besos, aromas, abrazos, sabores, colores, historias, calor durante el frio.

El momento suspendido en el tiempo que dura la eternidad, mi eternidad y la suya. Que pudiera ser una sola. De campos solitarios, brizas que les recorren y juegan con los frutos de los árboles, las abejas zumbando de flor en flor.
Las palabras que se repiten y cavan tan profundo, cobrando sentido de maneras imprudentes, dolorosas, y alentadoras.

Casi todo el tiempo, existo por lo que espero, me aburro y me desespero, me canso de esperar. Pero de vez en cuando recuerdo y recupero un poco lo que creo sensato, la prudencia, y la paciencia. Se pueden hacer las descripciones más increíbles y todas ellas harán parte de recuerdos, quizás, la mayoría de eventos impropios, anhelados pero lejanos. Sera fantasía el lugar que busco.

Yo ahora me siento y espero. Para no aburrirme y olvidar, de vez en cuando escribo.

martes, 22 de noviembre de 2011

Luces de colores en el cielo.

Una habitación en un lugar desolado, rodeada de chatarra y basura. Desde afuera iluminan luces rojas y azules, que se introducen por las láminas de metal que cubren horizontalmente la ventana, proyectando largas sombras. Es un lugar muy caluroso, los gases emanan de rejillas en el suelo por todas partes. Un panorama de suburbios en una zona industrial; pero nadie quiere vivir allí. Las ratas se filtran por doquier. La lluvia que cae se evapora instantáneamente al tocar el suelo hirviente. Las palomas no se posan en los cables de energía, y constantemente suenan alarmas, como en una constante guerra, donde abunda el hambre y la tristeza. El viento que recorre los callejones levanta los periódicos que alguna vez circularon. Los generadores de energía no se detienen, un lugar que funciona sin humanos. Pero en esa habitación, un hombre con su tocadiscos, algún blues y a veces jazz, tiene una cocineta, prepara un café instantáneo viejo que encontró en un supermercado abandonado. En una esquina de la habitación hay unas escaleras que llevan directo al techo. Agarra el café que ya está listo, sube un poco el volumen de la música, y va en dirección a las escaleras; una vez arriba se sienta sobre las placas de metal que cubren su refugio. Toma un sorbo del café, desabotona su camisa y se recuesta. Intenta imaginar las estrellas. Y empieza a recordar…
Recuerda aquel día en que dio vueltas y vueltas sin sentido con esa hermosa mujer, hasta terminar mareados, recuerda la primera vez que la vio, y sin conocerla temió, tenía miedo de perderla, sin siquiera saber su nombre. Sonreía cada que recordaba dar vueltas. Pero era inmensamente triste.
Pronto abrió los ojos atormentado por sus recuerdos, golpeó el techo y cubrió su cara con sus manos.
Estaba lleno de rencor para con él mismo, odiaba no poder ser lo suficientemente bueno. Sentía impotencia, estaba completamente enceguecido. No era capaz de acabar con su propio sufrimiento, por lo menos aún le quedaba algo de “cordura”, a veces demasiada para este mundo.
Tenía tatuados en su corazón con tinta indeleble, los más profundos e importantes recuerdos, y solo eso lo mantenía vivo y sufriendo. Porque iluminaban luces que le hacían creer que de nuevo todo era posible, y después se apagaban. Pero aún estaba vivo. Y él estaba seguro que esto tenía un sentido. En un instante le salieron alas; retorciéndose del dolor rodó por el techo, y fue a parar a la calle, se levantó mirando el suelo, toco su espalda y se asustó, se apresuró a entrar al refugio y buscar un trozo de espejo que guardaba, para comprobar que de su espalda brotaban emplumadas, un par de alas. Se asustó pero, luego tomo compostura, de nuevo subió las escaleras hacia el gris cielo, intentó mover sus nuevas alas. En un principio con amotricidad, pero cada vez mejor, hasta elevarse poco a poco del suelo. En cuanto se sintió seguro, fue tan alto como pudo, hasta dejar atrás el asfalto del suelo. Mientras más subía más puntitos brillantes aparecían. Poco a poco las lágrimas fueron cayendo. Apretó los dientes y se dejó caer, para que la suavidad y el frío del viento le envolvieran, de repente recordó la aurora y que aún no era su hora. Retomó el aleteo, y con suavidad se posó sobre el techo.
Estaba exhausto y la temperatura había cambiado, el frio se apoderaba de la tierra entera. Y también de su corazón, se desvaneció, y no volvió a sentir en toda la noche; la peor de todas, olvidando sueños y recuerdos, nada que le mantuviera cálido, palideció, ya el sol no quería salir de nuevo. Todo el mundo se había apagado y el silencio recorría los rincones.

Profundo, muy adentro, olvidado, un punto de cualquier color. Un punto de esperanza, tan liviano y consumido, agonizando. Pero la tierra por completo no se detuvo, y varios meses después, lenta pero aun en marcha, dejó asomar uno tras otro los rayos del sol. El hombre envuelto en sus alas, entre abrió los ojos, y no recordó nada, olvidó su nombre, y su vida. Se puso en pié y tomo una máscara que seguramente había guardado por años y no recordó tampoco. La puso sobre su rostro, con un clima ahora helado, había nieve por todos lados, tomo unas botas, su bufanda, un abrigo y comenzó a caminar, a paso lento pero constante, se alejó del antiguo lugar. Y no paró de caminar. Trató de recorrer tantos senderos como pudo, escalo montañas, y descendió por cuevas. Nunca le importo morir y nunca murió. Trataba de recordar, pero nada llegaba a su memoria. Hasta que pronto encontró un lugar, que parecía diferente a todo lo que había visto hasta ahora. Una gran caída de agua, que generaba fuertes vientos en su base, y mucha vegetación; un silbido de un pájaro y en su mente algo se encendió, parecía conocido, muy familiar. De su corazón una gota se desprendió, empezaba a descongelarse. Un poco de agua bebió, y mucho mejor se sintió. Se reconforto y pronto asiento tomó. Guardando el habitual silencio, pero con la sutil diferencia, de una sensación anterior. Cerró los ojos. Y un beso recordó. Lo que por años había soñado. Le trajo tanta nostalgia, que entre risas lloró. De su bolsillo saco una foto, que la mirada le iluminó. El sol brillante, y los pájaros cantantes, se posaron sobre él, con los ojos encharcados y mudo sollozó. Un nombre, una vida, sus sueños profundos y gran melancolía. Anocheció y miró las estrellas, y se encontró con una sorpresa, luces de colores en el cielo. El allí solo murió, al amanecer, cuando la aurora ya no se veía, callado y sentado, esperando, con el corazón en sus manos pidiendo perdón y dando gracias. A la vida y al mundo.

A la mujer anhelada que aun sigue esperando.

jueves, 27 de octubre de 2011

Reflexiones

Humanidad que con tus manos, te manchas en sangre y enloqueces.




Todos los días camino, acostumbro llevar la mirada al frente, ando solo con mis pensamientos, paso a paso, acostumbrado hacia adelante en cualquier dirección.

En cualquier aspecto, simplemente indescriptible, cada gota de pensamiento, puramente sensible. Se agotan los sentidos, que nos permiten la bella percepción, de cada aspecto amorfo en su forma, diferente y común. La vida hecha de contradicciones. Quedamos ciegos y oscuros, y buscamos luces en el camino. Ya no hay aroma de flores y exquisitos perfumes, y los imaginamos, perseguimos olores que no percibimos, cuando esperamos que sean como queremos; pero también estamos sordos, y su dulce voz que nos ha llamado, y juramos escuchar, tarareando recuerdos, ya no está, nos dimos cuenta al querer tocar, perdimos la suavidad, y con ella desesperados, en un último intento, la tratamos de saborear, para la sorpresa de muertos estar.


Consumidos en la insensibilidad, me ataco y pido con ojos opacos, el momento de mi vida, el amor de mi eternidad. El día para que mis pasos, tengan un valor real.

martes, 20 de septiembre de 2011

Sin título

Cuánto más quisiera yo que estar escribiendo historias bonitas ahora, pero mis letras no pueden más que ser melancólicas. Por buen rato pensé que sería mejor no escribir, pero las necesité.

Tengo tal contradicción en mi ser, en cuanto a perseguir la elegancia y majestuosidad, o por lo contrario, tan simple y ordinario. Tengo la tendencia a querer retratar paisajes con mis letras y al fondo con una suave melodía, cada nota en el aire, recorre los rincones, al tiempo que la madera por el húmedo frio cruje. La sutileza de las luces que emiten velas, pocas, pero tan intensa cada una. La perfecta unión entre las sombras y su rostro. La fina línea de un mechón de cabello que se desliza rozando su mejilla. Sus ojos, sus pestañas. Sus labios, y pronuncia unas palabras, pero no se escucha nada. Voltea, y se pierde en sombras, para acto seguido rozar por un lado, con su mano mi mano, y tomar asiento. Huele a vino, vino dulce, y hay un poco de pan, medio envuelto en un trapo. Se levantan en el cielo miles de estrellas que se reflejan en la ventana, un frío y bonito firmamento, ella cierra sus ojos y reposa su rostro sobre su hombro derecho, tan tranquila, y ligera. Pero no alcanzo a describir bien su rostro, yo a ella aun no la conozco. Usa un vestido blanco, o verde, podría ser azul pálido, de esos que no marcan su cintura y caen bajo sus pechos. No es muy largo ni muy corto. Toma una manta, y se envuelve, el terciopelo del sillón rojo también la arropa. Una gota de agua se resbala por el entejado, y cae sobre su nariz, haciéndole dar un imperceptible salto. Se acomoda bien y contra el terciopelo se seca, ahora esta acurrucada, y tiene los ojos cerrados. Lento respira, y se ve apacible. Yo tomo asiento, con los codos sobre las rodillas y junto mis manos, apoyo mi mentón sobre estas, y dispongo a observarla, paso allí unos minutos o unas horas, y después me recuesto, dejo caer la cabeza hacia atrás, y miro el techo, el danzar de la llama en cada vela muestra siempre formas diferentes, dependen estas de las corrientes que viajan de repente. Solo estoy pensando en su belleza, en cada línea tan precisa. Pero ese momento no existe, solo lo veo, tomando trozos de recuerdos; por poco y lo olvidaba, sobre la mesa junto al pan, también había queso y mermelada.

Lo dedico a la mujer, que parece no existir, la que aun espero encontrar algún día, y pasar noches enteras contemplando. Es para ella si en algún lugar existe. Soy solo de ella. O soy del viento y los rumores, que me llevan por doquier, al olvido y soledad.

miércoles, 17 de agosto de 2011

Cierra los ojos.

De nuevo imagina, multitud de sensaciones. Estás solo. Frío y llueve. Se condensan unas cuantas. No hay poder en las palabras, no en estas. Lo que queda, aun sin terminar. Por ahora vamos tan alto como el cuerpo lo permite. Tan lejos. Tantas letras desbaratadas, tan falsas que parecen. Después de todo, no tiene que tener sentido. Olvidaste soñar?
No hay nada ahora que produzca un dolor más hermoso que la música, tan dulce, tan punzante. Escuchar es un arte. Amar es una vida. Y la estoy perdiendo.
Si me ven en el piso, cuando pueda ser evidente; no hace falta mirar a los ojos, puedo ser un ente, dejarlo pasar. Necesito mi soledad. Pero también compartirla.
Cuando escribo, me doy cuenta que cada vez tiene menos sentido. Esto no le da nada a nadie. Parecen quejas, complejos, desdichas. Es lo mejor que puedo hacer hoy. Escribir triste, escribir cortado. Desanimado y cansado.
Quiero, puedo, debo. No sé que hacer. Tantas ideas, tan poco tiempo. Y todo junto, ni una sola cosa sale bien.
El valor artístico de cada palabra, es el valor de cada persona, lo que se lee soy yo, no quiero mentir, no puedo mentir. El sentido de mi sentido, no será, sino solo para mí; luego para quien lea, puede ser lo que quiera. Arte o basura, da igual. La vida está podrida en clasificaciones. Y me contradigo.
Hasta nunca jamás, el país de los sueños, parto de este día en esta noche, a un lugar algunas cuantas veces mejor. Mi nunca jamás.